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El proceso Recrearte, está basado en las posibilidades de transformación del ser humano, como su propio nombre indica, el prefijo “ re” es mantenerse en, y crearte es crearse a uno mismo, así participar en la construcción de uno mismo, desarrollando la creatividad.

lunes, 3 de marzo de 2008

lunes, 24 de septiembre de 2007

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El proceso Recrearte, está basado en las posibilidades de transformación del ser humano, como su propio nombre indica, el prefijo “ re” es mantenerse en, y crearte es crearse a uno mismo, así participar en la construcción de uno mismo, desarrollando la creatividad, con ejercicios de expresión de lo que almacenamos en nuestro interior con el fin de dotar al organismo de orden y armonía, así el proceso Recrearte es un proceso Estructurante, basado en la cooperación de la esencia y la personalidad del ser humano, dotándole de la necesaria intimidad consigo mismo para poder resolver sus conflictos emocionales siguiendo un proceso de reconocimiento de si mismo, abrir las partes no reconocidas, verse y aceptarse, para luego ordenar e integrar el conjunto y así poder dotarle de armonía, resultando así una reestructuración del ser.

TALLER RECREARTE y TERCERA EDAD

TALLER RECREARTE
Creatividad aplicada para la tercera edad

El cerebro, ese órgano prodigioso, es el "as" en la manga que tenemos todas las personas y que debemos aprender a jugar con acierto en la vejez, la fase más temida del recorrido vital. "En el juego de la vida —nos dice Rita Levi Montalciniauto-, premio Nobel de Medicina en 1986— la carta más alta es la capacidad de valerse, en todas las fases vitales pero especialmente en la senil, de las actividades mentales y psíquicas propias".
La doctora Levi Montalcini desdeña las reflexiones consolatorias o las lamentaciones lúgubres sobre la vejtez, para explicarnos que el cerebro puede seguir funcionando perfectamente inclusa a una edad avanzada, a diferencia de lo que ocurre con otras funciones fisiológicas, ya que si bien es cierto que pierde algunas de sus capacidades, las sustituye con otras que compensan e incluso superan a las perdidas. En efecto, la neurobiología moderna demuestra que merced a la "plasticidad neuronal" el cerebro suple la pérdida de células que acontece con la edad con la propiedad que tienen las restantes de compensar esa disminución numérica con un aumento de las ramificaciones y la utilización de circuitos neuronales alternativos. De aquí la importancia, con el paso de los años, de haber vivido la vida intensamente.


El destino de todos los organismos vivos, ya pertenezcan al reino vegetal o al animal, en la última etapa de su vida, es enfrentarse a una decadencia progresiva, preludio del cese de toda actividad vital.
En los individuos de la especie humana la declinación senil asume aspectos más llamativos y dramáticos que en los demás seres vivos, por tres motivos.
El primero es la mayor longevidad. El segundo es la degradación de los órganos por el uso, que tiene su reflejo mayor o menor en los componentes somáticos. El tercer motivo es el rechazo social del anciano.
La degradación física, tan evidente en los individuos de nuestra especie puede hacernos pensar que las capacidades intelectuales también padecen las mismas alteraciones, es una idea generalmente admitida que la senilidad afecta por igual a los componentes somáticos y a los cerebrales.
De un modo mucho menos dramático, autores de todos los tiempos han descrito las alteraciones que se producen en esta fase de la vida. Leopardi temía así la aproximación de la vejez:

...A mí, si de la vejez
el detestado umbral
evitar no consigo,
cuando estos ojos, mudos al corazón ajeno,
hallen vacío el mundo, y el día futuro
más doloroso y sombrío que el día presente,
¿qué pensaré de tal deseo?
¿Qué de estos años míos? ¿Qué de mí mismo?
Ay, me arrepentiré, y a menudo,
pero desconsolado, miraré hacia atrás.

Esta visión pesimista parece confirmada por el hecho de que en la senilidad, en una proporción nada despreciable casos, se dan procesos demenciales como el Alzheimer.
Pero se trata de formas patológicas, no de un desenlace fatal de la longevidad.
Marco Tulio Cicerón, que vivió en el siglo I antes de la era cristiana, enumera en su Cato Maior de senectute las ventajas e inconvenientes de la vejez, refiriéndose no a su experiencia personal, sino a la del gran Catón, que había vivido hasta los 85 años.
La senilidad, como las fases anteriores, no debía vivirse lamentándose de los privilegios y las ventajas perdidas con el paso de los años:
La vida sigue un curso determinado, enriquece cada edad con sus propias cualidades. Por eso la debilidad de los niños, la fogosidad de los jóvenes, la seriedad de los adultos, la madurez de la vejez, son características completamente naturales y deben apreciarse, cada una a su debido tiempo ... Realmente, cuando la vejez permite desempeñar las mismas tareas que se desempeñarían en la juventud, se consigue hacerlo incluso mejor. Las grandes empresas no se logran con la fuerza, ni con la agilidad física, ni con la rapidez, sino con otras cualidades como la sensatez, la previsión y la lucidez. Cualidades de las que».no carece la vejez, al contrario, puede disfrutar ampliamente de ellas.
La afirmación de Cicerón es sorprendente si tenemos en cuenta que ni en su tiempo ni en los sucesivos se sabía que la degradación senil, que afecta al aspecto exterior de los miembros de la especie humana, no suele atacar en la misma medida al órgano cerebral del que dependen las actividades mentales de Homo sapiens.
Dichas capacidades pueden manifestarse de un modo completamente nuevo en la tercera y la cuarta edad. Es un fenómeno que puede parecer paradójico, pero está respaldado por datos científicos irrefutables.
El hecho de que el astronómico número de circuitos cerebrales encargados de las actividades mentales siga funcionando con eficacia a una edad avanzada sigue siendo un misterio. Un problema que, como muchísimos otros, en la medida en que aún no se ha resuelto, hace más fascinante la experiencia de vivir.


Fue el vencer siempre una cosa loable, vénzase por fortuna o por ingenio.
LUDOVICO ARIOSTO

Deberíamos comprender que ni el hombre es un error de la naturaleza, ni hay que dar por hecho que la naturaleza se haga cargo automáticamente de su conservación. El hombre participa en un gran juego, pero podría estar fuera. Tiene que hacer gala de todas sus habilidades para mantenerse como jugador y no convertirse en el cimbel del azar.»
Así definen Eigen y Winker en su libro El Juego la relación entre el hombre y la naturaleza, un fenómeno «que ha guiado desde el principio el curso del universo».
Hasta la época moderna la psicología y la antropología no han reconocido la utilidad del juego para la función educativa, biológica y social del hombre.
Como afirma Ariosto en el Orlando furioso, se puede vencer por fortuna o por ingenio. Pero la victoria, cualquiera que sea el campo en que se logre, no siempre se considera una «cosa loable».
Se vence «por fortuna» cuando la victoria, en el juego del póquer o cualquier otro de los llamados de azar, sólo depende del reparto casual de las cartas. En cambio se vence «por ingenio» cuando la victoria está determinada por una actividad intelectual, como el cálculo matemático o una astuta estrategia.
El atractivo del juego «a cartas tapadas» consiste únicamente en la combinación de la casualidad y las reglas, ya que el reparto inicial, mecanismo rudimentario, introduce un elemento casual, y no la previsión del resultado final del juego.
Un tahúr puede soslayar esta imposibilidad de previsión con un plan astuto basado en la lentitud perceptiva de los demás jugadores. El tahúr, lo mismo que el prestidigitador, posee una habilidad extraordinaria para usar la propiedad fisiológica de los sistemas sensoriales
Como sucede con todos los fenómenos del mundo orgánico e inorgánico que han guiado la evolución del universo, la vida se desarrolla y regula con arreglo a unas normas comparables con las del juego.
Eigen y Winker comentan así los orígenes del juego:
No fue el hombre quien inventó el juego. Por el contrario, «es el juego, y sólo el juego, el que hace al hombre completo». ¿Acaso no derivan del juego todas nuestras capacidades?
Ante todo, del juego de los músculos y los miembros ... del juego de los sentidos ... del juego alterno de los pensamientos y los sentimientos ... Cada juego tiene sus reglas: con ellas se separa del mundo exterior, de la realidad, y crea su propia escala de valores ... En los juegos de sociedad se llega a un acuerdo previo para regular el desarrollo del juego y definir una escala de valores.
El jugador, por supuesto, espera ganar, y participa emotivamente en todas las fases de la partida. En este acontecimiento, como en otros mucho más serios en los que no se trata de ganar una partida sino la propia vida, la emoción está teñida en mayor o menor medida de angustia.
¿Qué papel ha desempeñado el fenómeno angustia en la evolución de la especie humana?
El gran poeta Rilke, en su octava elegía, afirma que la angustia de la especie humana no es muy diferente de la de otros mamíferos, que han nacido, como nosotros, del seno materno. Pero el origen de la angustia que padecen no es la conciencia de la muerte, penosa prerrogativa de Homo sapiens, sino el recuerdo de un pasado vivido en un ambiente protector, el seno materno. Dichoso el mosquito que desde el mismo acto de la concepción está en contacto con el espació que le ha asignado el destino, y no recuerda un pasado distinto..
No estoy de acuerdo con Rilke, pues creo que la angustia, triste privilegio de nuestra especie, no está motivada por una nostalgia de la vida en el seno materno, y ha desempeñado un papel importantísimo en la evolución de la especie humana.
Hace unos tres millones y medio de años una mutación, esencialmente distinta de los millones de mutaciones que se habían producido hasta entonces, dejó una marca indeleble en la historia del planeta. Cuando esos lejanos predecesores nuestros bajaron de los árboles de la selva africana y se aventuraron por la sabana exponiéndose a toda clase d depredadores, el instinto de supervivencia originó en ellos un mecanismo de defensa que consistía en temer y al mismo tiempo prevenir los peligros reales o supuestos.
Andando el tiempo un estado de ánimo ansioso, inicialmente favorable para la supervivencia del individuo y de la especie, ha llegado a tener un carácter nocivo, pues penaliza al hombre con la angustia existencial.
Entre todas sus posibles causas destaca el miedo a la muerte, generalmente precedida de una etapa de la vida llamada senilidad.
En los últimos tiempos, con la prolongación de la vida, se ha acentuado el miedo a los achaques de la tercera edad, caracterizada por una notable decadencia física y una disminución gradual de las capacidades intelectuales. Pero la hipótesis de una decadencia irreversible de estas propiedades no se ha sometido a la confirmación de su carácter inevitable.
En el juego «a cartas tapadas» de la vida, para ganar en la fase más crítica del hombre, que es la vejez, lo decisivo no es el truco o la deslealtad de un tahúr, sino la capacidad de previsión y la habilidad para usar el raciocinio.
La apuesta de la partida que «juega» el hombre es alta: transformar la vejez de la etapa más temida y penosa de la vida en la más serena, y no menos productiva que las anteriores.

La carta ganadora

Aunque la vida sea, en definitiva (como creo),
una partida que siempre acabamos por perder,
eso no significa que no debamos jugarla lo mejor posible
y tratar de perderla lo más tarde posible.

C.-A. SAINTE-BEUVE

En el juego del póquer la carta de la baraja de más valor es el as, indicado convencionalmente con la letra A, que situado en una determinada secuencia tiene un valor superior a todas las demás cartas de la baraja y determina la victoria.
En el juego de la vida el as es la capacidad de utilizar las propias actividades mentales y psíquicas, sobre todo en la fase senil.
La palabra «as» puede tener distintos significados. En este contexto se inspira en los versos de Yeats que representan al anciano como un vestido hecho jirones. Cada jirón causado por el deterioro de la edad es testigo de una vida vivida, y si se ha vivido bien la senilidad es digna de respeto, no de compasión. La fascinante visión de la vejez tal como la describe el poeta irlandés hace referencia a las batallas ganadas a lo largo de la vida. La posesión del «as en la manga» es un paso más. Después de las victorias logradas podrá haber otras si se puede recurrir a ese as.
¿A quién se le concede este privilegio?
Aunque en el pasado teóricamente todos los individuos de la especie humana lo poseían, sólo un número muy reducido estaba en condiciones de utilizarlo.
El privilegio de servirse del as estaba reservado a las clases privilegiadas: nobleza, clero, alta burguesía, aunque también los vástagos de las familias que tenían el poder se veían obligados a desempeñar actividades alejadas de sus aspiraciones y sufrían las consecuencias a lo largo de todo su recorrido vital, sobre todo en la fase senil.
Durante miles de años las mujeres no pudieron hacer uso de sus dotes intelectuales naturales, pues el hombre, aprovechándose de su mayor fuerza física y una supuesta superioridad mental, les impedía acceder al poder y la cultura.
Pero no sólo las mujeres tenían vedada la posibilidad de usar sus facultades intelectuales; también casi todos los individuos de ambos sexos de las clases bajas, obligados desde su infancia a desarrollar una agotadora actividad física que impedía el ejercicio de otras de carácter mental.
Hoy, este privilegio está al alcance de todos los ciudadanos de los países democráticos con un gran desarrollo industrial y cultural.
Pero el uso de esta carta está limitado por factores extrínsecos e intrínsecos. Los motivos de carácter extrínseco son muy numerosos: las nueve décimas partes de los individuos viven en condiciones precarias debido a las enfermedades endémicas, el hambre, los regímenes dictatoriales y las imposiciones sociales basadas en credos político-religiosos que impiden a determinadas poblaciones de las sociedades llamadas en vías de desarrollo hacer un uso adecuado de sus capacidades.
La causa de carácter intrínseco es la falta de previsión en la juventud y la edad adulta, que impide tener una preparación para ejercer actividades alternativas durante la vejez. Esto es debido a que procuramos quitarnos de la cabeza la idea de que algún día deberemos enfrentarnos personalmente a la etapa más temida de la vida, la vejez.
Además, el concepto que suele prevalecer es la decadencia de las funciones cerebrales y mentales, algo que haría inútil toda preparación.
Esta opinión parecía avalada por el hecho de que las neuronas (células perennes, incapaces de reproducirse) van muriendo, en un proceso que hoy llamamos «muerte programada». Se cree que a partir de los sesenta o setenta años esta disminución numérica es del orden de cientos de miles de células diarias. Una pérdida considerable, que aparentemente haría imposible la actividad creativa a una edad avanzada. Pero si tenemos en cuenta el elevadísimo número de células nerviosas que componen el cerebro, esa pérdida no es tan importante.
En realidad el número de células que se pierden en un envejecimiento normal no es tan elevado como se suele creer:
Se ha calculado que aproximadamente un 5 por 100 de las neuronas del hipocampo desaparece cada diez años en la segunda mitad de la vida, lo cual corresponde a una pérdida global del 20 por 100 de las neuronas. Pero el decrecimiento no es uniforme. En algunas zonas del hipocampo no se aprecian disminuciones significativas.
Según D. J. Seikoe,2 a pesar de la pérdida de ciertas neuronas y las alteraciones bioquímicas producidas en el cerebro de edad avanzada, en muchos individuos estos cambios no ocasionan una merma apreciable de sus capacidades cognitivas y creadoras.
Como ya se ha dicho en el capítulo sobre la plasticidad neuronal, las células que permanecen pueden aumentar sus ramificaciones dendríticas y fortalecer los circuitos cerebrales a nivel sináptico. En la edad senil se mantiene esa capacidad del cerebro de Homo sapiens, que no difiere de la que tenía en las etapas anteriores, a la que se refiere el matemático E. De Giorgi: «...la capacidad de pensar el infinito, aun reconociendo en las limitaciones de cada cual la propia finitud».
Merced a esta propiedad, el individuo, al final de su recorrido, en plena posesión de sus facultades intelectuales, puede disfrutar de lo que le brinda la vida y de un futuro que le pertenece.


Epílogo

Es la intensidad de la fe en un credo lo que infunde
valor al combatiente; la victoria es para
quienes poseen certezas absolutas acerca de problemas
frente a los cuales la duda sería la única
actitud razonable.'

BERTRAND RUSSELL

Quien elogia la vejez es porque no le ha visto la cara», ha escrito el filósofo Norberto Bobbio, parafraseando una sentencia atribuida a Erasmo: «Quien elogia la guerra es porque no le ha visto la cara».
La afirmación de Erasmo está justificada, pero la comparación entre la vejez y la guerra no tanto.
La guerra es una triste prerrogativa de la especie humana. Desde los tiempos más remotos de las sociedades arcaicas y tribales hasta las actuales estuvo y está motivada por las disputas territoriales y el afán de dominio de un grupo étnico sobre otro.
Sea como fuere, la guerra es padecida por millones de personas, que le han visto la cara en contra de su voluntad.
La vejez difiere de la guerra en muchas más cosas. Es un hecho biológico que tiene lugar, con más o menos intensidad, en todos los seres vivos.
De acuerdo con mi experiencia personal, disiento de esa afirmación (quien elogia la vejez es porque no le ha visto la cara). Esta fase de la existencia se puede vivir de un modo positivo, pues depara una visión más amplia y distanciada de la vida que la de los años de actividad laboral plena.
Esta visión optimista de la vejez no depende de méritos ni facultades intelectuales por encima del promedio.
La afirmación de que en la edad senil se puede desarrollar una actividad creativa está avalada por los testimonios de personajes como Miguel Angel Buonarroti, Galileo Galilei, Bertrand Rusell, David Ben Gurion o Pablo Picaso, entre otros y por el conocimiento de las formidables capacidades cognitivas que se mantienen a una edad avanzada.
Yeats, al hablar del significado de la conciencia de la muerte, triste privilegio de los individuos de la especie humana, lo define así:

Ni temor, ni esperanza
expresa el animal que muere.
El hombre espera su fin
temiendo y esperando...
Conoce la muerte a fondo.
Es el hombre quien la ha creado.

A la conciencia de la muerte, con cientos de miles de años de antigüedad, se le ha sumado en épocas más recientes la angustia ante los aspectos negativos de la vejez. El sistema social actual valora el beneficio, la producción y la eficacia, y los que no son capaces de «producir», como los viejos, se convierten automáticamente en seres superfluos, inútiles, en cargas para la sociedad. Es el hombre de esta sociedad quien ha creado la vejez.
Existe un antídoto para esta creación tan negativa: ser conscientes de nuestra inmensa capacidad cerebral. El uso continuo de estas capacidades, a diferencia de lo que sucede con los demás órganos, no las desgasta. Paradójicamente, fortalece y saca a relucir unas cualidades que habían permanecido ocultas en el torbellino de las actividades desplegadas durante las fases anteriores del recorrido vital.